Hijas de la luna, hijos del sol

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Hijas de la luna, hijos del sol

10 de junio de 2021 Cuentos cortos 0
Andrea Pinzón Hijos de la luna

Andrea Pinzón Hijos de la luna

Poco sabemos de nuestro pasado y aún así sabemos mucho más en el último siglo que en toda nuestra historia.

Historiadores y antropólogos escarban año tras año los libros y la tierra, como buscando pedazos de eslavones que parecen inconexos, pero sólo el tiempo desvela los misterios a su antojo y las cosas parecen encajar.

La ciencia nos confirma que somos uno con la naturaleza, que compartimos los mismos átomos que cada cúmulo galáctico del universo, que compartimos la misma raíz  mitocondrial heredada de la primera célula que aceptó vivir en simbiosis con su almuerzo, que luego se convirtió en parte y conjunto de la vida como la conocemos, que habitamos un planeta con recursos finitos y que lo compartimos con otras especies. Esos pequeños actos transforman la historia.

No se trata exaltar un género sobre otro, el discurso del odio nunca ha traído más que muerte y desencanto. Mientras la verdadera resistencia es pacífica, promueve el amor y la aceptación, crea arte desde las ruinas y transforma vidas.

Al principio de la historia, antes de la agricultura y los contratos de propiedad, el matriarcado dominaba una gran cantidad de tribus en la tierra. La mujer, era representada en el ciclo lunar, en los ciclos terrestres, en la fecundidad y su poder para traer la vida, cuidarla, renovarse y prosperar. Las mujeres cazaban, tejian, cuidaban de sus hijos en comunidad y vivían en relaciones polígamas donde el único lazo reconocido era el maternal. Sus diosas tenían la capacidad de ser vírgenes, autofecundarse y ser madres, como seres hermafroditas. Diosas con barba y senos, que permitían la libertad de la bisexualidad y tenían el poder de la creación.

Poco a poco, el patriarcado solar convirtió a estas diosas poderosas, en vírgenes o mártires sumisas y complacientes, en el puente directo a su dioses masculinos, guerreros, conquistadores de mitos legendarios, de guerras épicas, únicas e irrepetibles. Dioses viscerales, centrales, falocéntricos, que riegan su simiente, la controlan, la usan y la negocian a su antojo. Se crea entoces la propiedad privada, la agricultura, la ganadería y el matrimonio; el hombre, ha controlado y sometido a todo lo que lo rodea.

Es difícil ver al pasado sin asombro y dolor, nombrar cada uno de los atropeyos que por milenios ha protagonizado el macho fuerte y viril, que siempre ha ganado, siempre tiene el poder y siempre tiene una guerra pendiente.

Pero aquí el discurso no es entre géneros, sino entre humanos y sobre todo entre especies. Todos dependemos del mismo punto  azul pálido que nombraba Carl Sangan, es nuestra cuna y nuestra tumba.

Nuestros egos nos impiden ver que en realidad no se trata de ser hombre, mujer, homosexual, bisexual, transexual, asexual o intersexual, más que nuestra sexualidad es el derecho a existir solo por haber nacido. Este no es nuestro privilegio como seres humanos sino una responsabilidad como especie, como planeta.

Aprender a amarnos incluye aprender a amar nuestra naturaleza y reescribir la historia sin olvidar el pasado, haciendo memoria, para transformar el futuro. 

Andrea Pinzón

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